
El miedo tiene que ver con nuestra finitud. Compensamos nuestra limitación y nuestra contingencia con la múltiple y variada respuesta cultural. El modo institucional en el que se concreta esa respuesta casi siempre ha estado vinculado con las interesadas estructuras de poder. En un tiempo como el nuestro, especialmente reflexivo dada la ambivalencia y la incertidumbre en la que nos instala el vertiginoso impulso del cambio social, rebrota la dimensión social del miedo. La familia, el género, la identidad, la estética del consumo, la flexivilización económica, el nomadismo, los riesgos tecnológicos y medioambientales, el terrorismo, el endurecimiento dogmático de las comunidades, etc, se convierten en elementos sociales que precisan ser analizados. El hilo conductor del miedo se ha convertido, querámoslo o no, en una estrategia oportuna de interpretación. En nosotros está el recualificar las pautas culturales con las que enfrentarnos a los grandes retos de nuestro mundo.